miércoles, 21 de noviembre de 2007

El colegio Cristo Rey de Barcelona.

Al pensar en el 20 de noviembre de 1975 mi memoria me devuelve siempre al extraño día en que murió Franco. Retrocedo entonces a mis 14 años y me veo de nuevo al clarear el alba, sentado en la parte de atrás del autobús, camino de mi extraordinario colegio.

El colegio Instituto Cristo Rey era tan extraño que podría dudarse de su propia realidad. Una contradicción en sí misma, un ente digno de la pluma mágica de Gabriel García Márquez.

Para empezar y pese a llamarse Cristo Rey no era un colegio religioso, aunque tampoco laico. Su director era un cura que no era cura aunque lo había sido y pese a que en teoría pasaba por seglar, en ocasiones solemnes tomaba los hábitos para dar misa en la pequeña capilla escolar. Le ayudaba un tipo que aunque vestía con alzacuellos jamás mostró actividad religiosa alguna. De hecho sigo sin saber a qué se dedicaba exactamente, pues tanto aparecía como desaparecía largas temporadas.

El profesorado sí era laico y muy "rojo", pero aunque daba clases en el colegio no pertenecía a él, sino a un instituto. Y es que el colegio Cristo Rey no era público ni privado, sino una extraña combinación de ambas fórmulas, un antecedente poco elaborado de los actuales centros concertados y que en aquellos tiempos se llamaban subvencionados.

También tenía una asociación de padres vitalicia conformada por unos señores muy serios que o no tenían hijos o los llevaban a otro lado. Tampoco era un internado pese a que siempre había dos o tres internos que se supone que comían y dormían ahí, aunque nunca conocí el comedor ni las habitaciones.

El colegio Cristo Rey estaba a dos pasos de la Avenida Tibidabo y a un tiro de piedra de los colegios más exclusivos de Barcelona. Sin embargo, apenas miraba a la selecta zona del funicular. El grueso de sus alumnos se reclutaba en Horta, el Carmelo, la Taxonera, Sant Genís, Vallcarca, Montbau y hasta Verdún, Roquetes, la “Trini” o Prosperitat. Arrabales dejados de la mano de Dios que obligaban a unos a largos viajes en autobús y a otros a andar varios kilómetros, de dos a cuatro veces al día, por las empinadas calles -algunas aún sin asfaltar- y los descampados de la montaña del Carmelo.

En el colegio Cristo Rey había pocos pijos y muchos pijoapartes.

Por último, el colegio Cristo Rey ya no existe, No aguantó el empuje de la nueva Barcelona y desapareció afectado por la construcción de la ronda de Dalt. Curiosamente, sobre sus cimientos no edificables se crearon unos pisos de Nuñez y Navarro a cuyos incautos propietarios prometieron que aquello era la zona alta de Barcelona. ¡Ingenuos!

Jamás sabrán que a las ocho de la mañana de un veinte de noviembre de 1975 a pies de sus viviendas la policía armada había redoblado los controles de accesao a la carretera de la Arrabassada. Que un chaval de barrio con 14 años y un macuto al hombro se veía obligado a vencer el miedo cerval que le producía cruzar por delante de aquellos tipos vestidos de gris. Que en el patio sobre el que se asientan sus viviendas un hombre con alzacuellos que nunca supe bien a qué se ocupaba nos reunió a los chavales que, por despiste o sentido del deber, habíamos decidido ir al colegio y con lágrimas en los ojos musitó:
“Franco ha muerto. Hoy no habrá colegio”

Epílogo: Cuando llegué a casa mi madre tenía encendido el televisor. El programador de guardia en Televisión Española debía estar hasta las narices de marchas militares y colocó entre trompetas y clarines un concierto de rock progresivo a cargo de Camel.
Visto en retrospectiva, reconocerán que también fue surrealista.

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